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Ya terminé lo mío

hace 4 días
4 min de lectura

Una cosa es terminar la tarea. Otra, hacerse cargo del resultado.

Tablero de prueba eléctrica automotriz en proceso de fabricación, mientras un operador que termina su trabajo conversa con una compañera del área de ensamble.

Hace un par de décadas estaba involucrado en la transferencia internacional de una línea de ensamble de uno de los principales clientes de la empresa donde colaboraba.


Con ese cliente casi siempre existía cierto sentido de urgencia, pero aquel proyecto era distinto. Nos había solicitado expresamente apoyo para entregar en una semana un pedido que, en condiciones normales, habría requerido por lo menos tres.


Recuerdo haber reunido a todo el equipo para explicarles la situación.


La respuesta fue mejor de lo que esperaba. El proyecto significaba horas extras, sí, pero había algo más importante. Durante los últimos años habíamos trabajado para obtener la certificación ISO y aquella solicitud se sentía como una confirmación de que el esfuerzo empezaba a traducirse en confianza por parte del cliente porque coincidió con la llegada del certificado.


Nos organizamos para trabajar las 24 horas en dos turnos de doce. Incluso en esa organización yo entré a roles operativos para no tener huecos durante las fases de la producción


Los primeros días transcurrieron con una energía impresionante. Había cansancio, pero también esa sensación extraña que aparece cuando un grupo sabe que está intentando algo difícil y, por alguna razón, quiere demostrar que puede lograrlo.


Hasta que llegó el jueves por la madrugada.


Yo estaba cubriendo la operación de una fresadora CNC en el turno nocturno cuando el operador del torno terminó las piezas que tenía asignadas. Apagó su máquina, acomodó algunas cosas y, con absoluta naturalidad, dijo: “Ya terminé lo mío. Ya me voy.”


Ni siquiera alcancé a contestarle. Una de las operadoras de ensamble lo hizo antes que yo. Le recordó que todos estábamos metidos en el mismo compromiso y que, si había terminado su operación, podía ayudar en otra parte del proceso. Prácticamente lo regañó, pero como el regaño no venía del jefe sino del mismo equipo, lo tomó de forma positiva y se unió al equipo de ensamble para ayudarles.


Han pasado más de veinte años y todavía recuerdo esa escena.


Durante mucho tiempo pensé que la lección estaba en la actitud de aquella operadora y en la falta de compromiso del operador de torno.


Hoy no estoy tan seguro. Porque el operador tenía razón. Había terminado lo suyo. Pero al pedido aún le faltaban muchas horas en otros procesos.


Aun después de reunir al equipo, explicar la urgencia, repartir turnos y organizar el trabajo alguien seguía entendiendo que su responsabilidad terminaba cuando acababa su propia operación, entonces parte del problema también estaba en cómo había planteado el objetivo.


Me tomó varios años, algunos proyectos y bastantes errores entender la diferencia.


Una cosa es cumplir con una tarea. Otra muy distinta es adueñarse del resultado.


Siendo completamente honesto, todavía sigo trabajando en cómo transmitir mejor la importancia de los resultados y no solamente de las actividades realizadas o pendientes en los proyectos donde participo. Porque también he cometido el error contrario.


He confundido hacerse responsable con resolver personalmente. He intervenido cuando debería haber dejado que alguien más decidiera. He dado seguimiento hasta convertirlo en persecución. Y también he descubierto que, cuando uno hace demasiado por los demás, termina enseñándoles exactamente lo contrario de lo que quería desarrollar.


Adueñarse del resultado no significa hacer el trabajo de todos. Más bien significa entender que nuestra responsabilidad no necesariamente termina cuando acaba nuestra actividad.

Si un problema requiere la intervención de otra persona, obviamente habrá que entregarle una parte del trabajo. Pero entregar una actividad no necesariamente significa desentendernos del resultado.


A veces habrá que preguntar qué pasó. Otras veces habrá que ayudar a remover un obstáculo.

Habrá ocasiones donde será necesario escalar una decisión porque simplemente no tenemos la autoridad necesaria para tomarla. Y también tendremos que reconocer cuando hicimos todo lo que estaba razonablemente en nuestras manos y el resultado depende de alguien más. El punto no es convertirse en héroe.


Hace poco escribí sobre el empoderamiento y sobre la contradicción de exigir responsabilidad sin entregar autoridad. Sigo pensando lo mismo. Pero con los años he entendido que la ecuación también funciona en sentido contrario.


De poco sirve entregar autoridad si quien la recibe solamente está dispuesto a responder por las tareas que caben cómodamente dentro de su puesto. Porque el empoderamiento no consiste solamente en recibir permiso para decidir. También implica aceptar que algunas decisiones traerán consecuencias, que algunas saldrán mal y que habrá momentos donde tendremos que hacer un esfuerzo adicional para alcanzar algo que no estaba perfectamente delimitado en nuestra descripción de puesto.


No estoy hablando de normalizar jornadas interminables, de sobra hay empresas que viven de urgencias o jefes que utilizan el “compromiso” como excusa para cargar permanentemente el trabajo sobre los mismos, sino que hay que dejar de medir nuestro compromiso exclusivamente por lo que hicimos y empezar a medirlo también por lo que conseguimos.


Aquella madrugada, Sergio había terminado su trabajo en el torno. Naty le recordó que todavía no habíamos terminado el proyecto.


Durante años pensé que esa diferencia era simplemente actitud; pero la edad y esta reflexión me hacen pensar distinto; hoy veo que aquel equipo se había adueñado del resultado.


¡Hasta la próxima!

 
 
 

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