La libertad de no elegir
Criterio en tiempos de recomendaciones.

Hace varios días que andaba caminando con Peter y Ahsoka (mis perritos) noté a lo lejos que una casa que en su azotea aun tenía una antena parabólica. Uno de esos discos gigantescos que llegaron con la promesa de un mundo entretenimiento años antes de la existencia de la televisión por cable y donde en aquel entonces había solo tres o cuatro canales aquí en Regioliandia, o en provincia como le decía Chabelo a cualquier lugar fuera del Distrito Federal.
Aquellos grandes discos ofrecían una vasta variedad de entre 50 y 70 canales, una locura para la época. Gracias a esta tecnología podías sintonizar programación para otras partes del mundo, obviamente de los EEUU pero también canales europeos y asiáticos. Ya que estos dispositivos captan las transiciones satelitales y gracias a la geografía del país podíamos captar algunos satélites lejanos. Claro esto dependía del tamaño del plato, la potencia del satélite, el decodificador y la alineación.
Cuentan las leyendas urbanas que hubo un tiempo que canales como Cinemax, HBO, Showtime, Nickelodeon, Cartoon Network estaban abiertos, vaya había “entretenimiento para adultos” disponible. Muchos de estos canales fueron codificando su señal para convertirse en canales de suscripción. Mucho antes de la llegada de Netflix.
Obviamente no era “gratis” porque no cualquier persona tenía acceso a un dispositivo de esos en casa. Vaya, hasta donde yo recuerdo me sobraban dedos de la mano para contar a mis conocidos que tenían aquel privilegio. Con el tiempo llegó la televisión por cable, que era mucho más accesible ya que no tenías que desembolsar una pequeña fortuna para instalar aquellos artilugios gigantescos que con el paso del tiempo fueron quedando obsoletos para el entretenimiento.
Pero viendo en retrospectiva, es interesante observar que durante años nos vendieron la posibilidad de liberarnos de las restricciones de la televisión tradicional. Podíamos elegir qué ver, cuándo verlo y sin interrupciones comerciales. Con el paso del tiempo llegaron las plataformas de streaming que incluso te liberaba de la programación estipulada y nos brindo con el poder de decidir no solo que ver, sino cuando verlo y a que ritmo verlo. Por que en lo personal, hay películas que en ocasiones me toma días terminarlas.
La analogía se pone interesante cuando la comparas con el criterio. Me explico: La antena parabólica ampliaba nuestra capacidad de explorar. Podíamos descubrir canales, programas, idiomas y contenidos que jamás habríamos encontrado en la televisión abierta. Había que mover físicamente una antena con precisión milimétrica con aparatos muy caros. Sí, pero multiplicaba nuestras opciones.
Hoy gracias a los avances tecnológicos y la democratización del internet, tenemos una disponibilidad infinitamente mayor, pero buena parte de lo que consumimos llega mediante recomendaciones algorítmicas.
Pasamos de tener escasez de entretenimiento a un problema por decidir a qué le dedicamos nuestro tiempo libre…Y tal parece que tenemos el mismo problema en nuestros trabajos.
En muchas organizaciones creen que necesitan más información, más herramientas o más alternativas. Y con el desarrollo de la IA pareciera que así como se multiplicaron los canales también se multiplicaron las herramientas. Cuando en realidad lo que se necesita es desarrollar mejores criterios para decidir. En otras palabras, necesitamos desarrollar la capacidad de decidir qué vale la pena, con qué propósito y a qué costo; no solo qué es posible.
Porque si contrastamos la analogia podemos darnos cuenta que aunque una plataforma de entretenimiento puede recomendarte aquello que probablemente mantenga tu atención; no significa que sea lo que más te gustaría descubrir. Y lo mismo pasa con la IA. Puede ofrecerte la respuesta más probable, coherente o convincente. Eso no significa que sea la respuesta correcta para tu organización.
El riesgo no está en utilizar una recomendación, sino en dejar de distinguir entre una recomendación conveniente y una decisión adecuada. En ambos casos hay una diferencia entre optimizar una respuesta y comprender el propósito de la decisión.
Las antenas parabólicas nos obligaba a buscar, a equivocarnos y a decidir qué valía la pena. Hoy nadie nos pide mover el plato. Y justo por eso conviene preguntarnos, antes de aceptar la siguiente sugerencia, ¿quién está decidiendo realmente?
¡Hasta la próxima!




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