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La caducidad de las certezas

  • hace 11 minutos
  • 3 min de lectura

Poseer mucha información no es lo mismo que tener sabiduría.

Diablo anciano y pensativo en una biblioteca antigua frente a un moderno centro de datos. La imagen representa el contraste entre la sabiduría tradicional, la experiencia acumulada y la era de la inteligencia artificial, donde la abundancia de información obliga a cuestionar las certezas del pasado.

Desde niño he escuchado la frase “No hay nada nuevo bajo el sol” casi con la misma frecuencia que “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Ambas frases reflejan que la sabiduría en un ser humano solamente se lograba a través del tiempo.


Durante miles de años la humanidad tuvo una razón lógica para asociar experiencia con sabiduría. La información era escasa y pocos llegaban a lo que conocemos como tercera edad y quienes lograban llegar a la vejes eran literalmente las bibliotecas donde vivía la información que mantenía vivas a poblaciones enteras.


Una persona mayor sabía cuándo sembrar, qué plantas eran venenosas. Sabía cómo sobrevivir una sequía. Sabía quién había traicionado antes. Y poseer ese tipo de información podría significar la diferencia entre la vida y la muerte.


Pero eso cambió. No fue de la noche a la mañana; pero si hubo un cambio fundamental.


Cuando tu servidor vino al mundo, los centros de datos de cómputo no existían, el internet era un proyecto académico y la IA era ciencia ficción. Está de más mencionar que en los últimos años la tecnología ha avanzado mucho más que en los siglos anteriores. Y gracias a estos avances, la medicina ahora permite que los tontos también lleguen a viejos.


No estoy diciendo que hay que ignorar ahora a las personas mayores; al contrario. Las computadoras, el internet y la IA están muy lejos de suplantar la sabiduría colectiva de quienes crecieron “offline”.


Pero hoy cualquier adolescente puede tener acceso en segundos a más información que Leonardo da Vinci conoció durante toda su vida.


La sabiduría ya no se trata solo de información, sino de la aplicación de la misma. Por ejemplo: no hace mucho, la idea de buscar un buen trabajo era sinónimo de estabilidad. Estudiar una carrera, entrar a una buena empresa y permanecer ahí durante décadas era lo que dictaba el sentido común. La información generalizada nos aconseja que un buen trabajo es lo que brinda “seguridad”.


No es un mal consejo, le ha funcionado a millones; pero el COVID nos recordó que incluso las certezas más sólidas tienen fecha de caducidad.


Queremos seguir usando respuestas que fueron correctas para resolver problemas que ya cambiaron. Parece que nos cuesta trabajo aceptar que la sabiduría no consiste en conservar todas las respuestas que nos funcionaron, sino en reconocer cuándo dejaron de responder a la realidad.


Y no se trata de dejar de memorizar, sino que la memorización ya no puede ir sin razonamiento.


Quizá no haya algo nuevo bajo el sol. Pero hoy la civilización que conocemos tiene una gran dependencia de la información que circula y se guarda en los centros de datos que hoy proliferan en todo el planeta. Pero, por mas centros de datos que tengamos, “la nube” nunca a visto la luz del día. Vive encerrada en los miles de servidores hambrientos de energía. Aún así, las personas seguimos siendo iguales. El poder, la ignorancia, el miedo, la ambición, la hipocresía, la confianza y la necesidad de pertenecer siguen moviendo a las personas casi de la misma forma.


Tal vez el diablo sí sabe cosas por ser viejo. Pero probablemente no se ha hecho tonto y también aprendió que ya no es valioso coleccionar certezas, sino desconfiar de algunas de ellas.


Tal vez ahora sea más sabio dejar de “tener la razón” y cuestionar lo que antes funcionó en lugar de volverlo a aplicar sin cuestionarlo.


¡Hasta la próxima!

 
 
 

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