Dios proveerá, pero no hará tu trabajo.
Una entrevista imaginaria con Don Abel Quezada, treinta y cinco años después de su partida.

Septiembre está por terminar. Durante todo el mes llenamos las calles de banderas, escuchamos mariachis, comimos más de lo recomendable y volvimos a discutir, como cada año, qué significa ser mexicano.
Yo quería cerrar el mes patrio escribiendo sobre una vieja idea: México como el cuerno de la abundancia. Pero investigando terminé encontrándome con un regiomontano al que conocía por algunos de sus cartones, aunque, debo admitirlo, conocía bastante poco al hombre detrás de ellos.
Abel Quezada.
Dibujante, escritor, publicista, empresario ocasional, productor de televisión, agricultor fracasado y observador profesional de nuestras contradicciones.
Don Abel murió en 1991. Así que conseguir la entrevista tuvo algunas complicaciones.
Pero si algo tenemos los mexicanos es una larga tradición de seguir conversando con nuestros muertos.
Y Quezada dejó suficientes dibujos, textos, personajes y entrevistas como para imaginar qué podría decirnos todavía.
Aclaro algo antes de comenzar. Esta conversación nunca ocurrió. Algunas ideas de Don Abel provienen directamente de lo que dejó escrito o dicho. Otras son una recreación literaria construida a partir de su obra y de los personajes con los que retrató al México que le tocó vivir.
Mis preguntas, lamentablemente, sí son responsabilidad mía.
Don Abel, ¿platicamos?…
César: Usted dijo alguna vez que su personaje principal nunca fue ningún político. Que su personaje fue el mexicano.
Don Abel: Claro. Políticos había muchos, pero mexicanos éramos más.
Además, resultaba demasiado cómodo dibujar siempre al poderoso abusando del pobre ciudadano. A veces era cierto. Otras veces el ciudadano también cooperaba bastante bien con el desastre.
César: No precisamente una visión muy patriótica.
Don Abel: Depende de qué entienda usted por patriotismo.
Si quiere que le diga que México es maravilloso porque nació aquí, para eso están septiembre y los discursos.
A mí me interesaba más mirarnos.
Y cuando uno se mira al espejo no siempre encuentra lo que esperaba.
César: Entre esas miradas está aquella del cuerno de la abundancia.
Don Abel: Ah, esa sí les dolió.
César: Era bastante cruel.
Don Abel: La idea era sencilla. Dios repartía riquezas por el mundo y a México parecía haberle tocado demasiado: minerales, petróleo, costas, tierras fértiles…
Alguien tenía que compensar semejante ventaja.
César: Y nos puso a nosotros.
Don Abel: Mexicanos.
César: Se pasó de lanza, Don Abel.
Don Abel: ¿Ya mejoramos?
César: Touché.
Lo curioso es que seguimos hablando de abundancia. Solo cambiamos lo que sale del cuerno.
Don Abel: ¿Qué sale ahora?
César: Nearshoring. Manufactura. Tratados comerciales. Inteligencia artificial.
Don Abel: Antes era petróleo.
Recuerdo aquella época. Parecía que encontrar petróleo también había descubierto una nueva personalidad nacional.
Hasta nuestros defectos iban a desaparecer.
Es curioso cómo una riqueza recién descubierta tiene la extraordinaria capacidad de corregir problemas que no tienen absolutamente nada que ver con ella.
César: Seguimos haciendo algo parecido.
Don Abel: Entonces no estaba tan equivocado.
César: Tampoco le quiero dar tanta ventaja.
Don Abel: Hace bien. Los muertos ya tenemos demasiada.
César: Hace unas semanas estuve en Houston y regresé pensando en algo que he observado trabajando con empresas de ambos países.
Don Abel: Ya regresó el regiomontano de Estados Unidos queriéndonos explicar cómo trabajan los americanos.
César: Usted también se fue a Nueva York.
Don Abel: Sí. Y también regresé.
Así que tenga cuidado con lo que concluye del viaje.
Don Abel: ¿Qué vio?
César: Que cuando aparece una posibilidad interesante, la conversación rápidamente empieza a convertirse en algo concreto.
¿Qué necesitamos? ¿Quién participa? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué gana cada parte? ¿Cuál es el siguiente paso?
Don Abel: ¿Y siempre funciona?
César: No.
Don Abel: ¿Nunca pierden dinero?
César: Claro que sí.
Don Abel: ¿Nunca conocen a la persona adecuada?
César: También.
Don Abel: Entonces no idealice demasiado al vecino. Los americanos también tienen a Gastón Billetes. Solo que habla inglés.
César: No creo que sean mejores.
Don Abel: Eso ya suena más interesante.
César: Creo que en ciertos ambientes han construido mejores mecanismos para convertir una posibilidad en algo que pueda probarse.
Aquí le damos largas con frases bonitas: “Hay que hacer algo juntos.” “Te voy a presentar a alguien.” “Tengo un contacto buenísimo.” “Déjame hacer una llamada.”
Y una oportunidad puede pasar meses esperando esa llamada.
Don Abel: Eso sí lo conozco.
El mexicano tiene una relación curiosa con las posibilidades. Nos entusiasma mucho descubrirlas.
Después viene la parte desagradable.
César: ¿Trabajarlas?
Don Abel: Ponerles fecha.
César: Unos días después de regresar de Houston di una conferencia en un evento empresarial. Al terminar la conferencia se acercó una persona que había desarrollado una herramienta para medir OEE, uno de los indicadores utilizados en manufactura para conocer el aprovechamiento de los equipos.
Días después tuvimos una videollamada. El sistema funcionaba y resolvía problemas reales de la empresa donde había sido desarrollado.
Pero todavía no había un caso práctico fuera de ese entorno. Tampoco estaba completamente claro qué necesidad resolvería para otras organizaciones o por qué alguien elegiría esa solución frente a las alternativas existentes.
La propuesta era sencilla.
Yo conocía empresas. Él tenía el producto. Si yo lo vendía, recibiría una comisión.
Don Abel: No veo el problema.
César: No dije que hubiera uno.
Don Abel: Entonces véndalo.
César: No estoy seguro de que exista todavía un producto.
Don Abel: Me acaba de decir que funciona.
César: Una solución puede funcionar perfectamente y todavía no ser un producto.
Don Abel: Explíquese, ingeniero.
César: Resolvió un problema específico para una empresa específica. Para convertir eso en negocio todavía habría que comprobar quién más tiene ese problema, cuánto vale resolverlo, cómo implementarlo y por qué comprarían esa solución.
Don Abel: ¿Y el inventor qué quiere?
César: Que yo lo presente con empresas.
Don Abel: Ah… Gastón Billetes.
César: No necesariamente.
Don Abel: No lo digo como insulto.
Gastón entendía algo que ustedes siguen entendiendo: conocer a la persona adecuada puede valer muchísimo.
El problema empieza cuando confundimos conocer a alguien con haber construido algo.
César: Exactamente.
Don Abel: Entonces su conocido no tiene un mal producto.
Tiene una pregunta pendiente.
César: ¿Cuál?
Don Abel: Si necesita de usted para venderlo, ¿qué construyó exactamente?
(Me quedé pensando.)
César: Un contacto puede abrir una puerta.
Don Abel: Claro.
César: Pero un mecanismo permite no depender siempre del dueño de la puerta.
Don Abel: Ya salió el ingeniero.
César: Tardó bastante.
Don Abel: No tanto.
Ustedes los ingenieros tienen otra debilidad.
César: A ver.
Don Abel: Cuando descubren que algo tiene sistema creen que encontraron la explicación completa.
César: ¿No?
Don Abel: ¿Quién construye el sistema?
César: Las personas.
Don Abel: ¿Quién encuentra la manera de brincárselo?
César: Las personas.
Don Abel: ¿Quién convierte una excepción en costumbre?
César: Las personas.
Don Abel: ¿Y quién después culpa al sistema?
César: Ni cómo rebatirle esa Don Abel.
Pero también están los otros casos. Los que no alcanzó a dibujar en el periódico.
Mi buen amigo Clemente por ejemplo. El es de Chiapas y fue militar. Cuando dejó el Ejército llegó a Monterrey y comenzó a trabajar en la constructora de un amigo mientras estudiaba Arquitectura.
Alguien le abrió una puerta.
Después estudió, aprendió el oficio, consiguió proyectos, se equivocó, construyó reputación y contrató personas.
Hoy dirige su propio despacho, tiene más de cincuenta colaboradores, varios proyectos simultáneos y clientes esperando espacio en su agenda.
Don Abel: Entonces sí era cosa del mexicano.
César: En parte.
Lo interesante es lo que hizo después de que alguien le abrió la puerta.
Don Abel: Trabajó.
César: Y convirtió ese trabajo en algo que dejó de depender solamente de él.
Don Abel: Ahí sí tenemos algo.
Porque trabajar mucho tampoco es una virtud suficiente.
He conocido gente capaz de cansarse enormemente sin avanzar demasiado.
César: Nosotros le llamamos “echarle ganas”.
Don Abel: Excelente expresión.
No dice hacia dónde. No dice para qué. No dice si funcionó.
Pero deja clarísimo que uno terminó cansado.
César: Ahí quizá está una diferencia entre lo que usted observaba y lo que yo encuentro dentro de las empresas.
Usted miraba al mexicano.
Yo termino mirando el sistema alrededor de él.
Don Abel: Porque usted quiere arreglarlo.
César: Es mi trabajo.
Don Abel: Yo solamente tenía que entregarlo al periódico.
César: Mucho más cómodo.
Don Abel: No crea.
Pero dígame qué ve.
César: Veo organizaciones que se quejan de que sus supervisores no deciden, después de pasar años corrigiéndoles cualquier decisión diferente a la del jefe.
Veo operadores que dicen “ya terminé lo mío” porque durante años les enseñamos que su responsabilidad termina con su tarea.
Veo empresas preocupadas porque todo el conocimiento depende de Don Neto, pero celebran cada vez que Don Neto vuelve a salvarlas.
Don Abel: Entonces el mexicano no tiene la culpa.
César: No dije eso.
Don Abel: Qué bueno.
Porque ya empezaba a aburrirme.
César: Las personas somos responsables de nuestras decisiones. Pero también construimos ambientes que vuelven normales ciertas decisiones.
Don Abel: Entonces estamos hablando de lo mismo.
César: No exactamente.
Don Abel: Usted le dice sistema.
Yo necesitaba menos letras.
(En ese momento entendí por qué me había interesado tanto conversar con Quezada.
Él se negó a presentar al mexicano únicamente como víctima.
Yo llevo años intentando hacer algo parecido dentro de las organizaciones.
No creo que nuestros problemas sean siempre culpa del gobierno.
Tampoco del empresario. Ni del trabajador. Ni de Estados Unidos. Ni de China. Ni del ERP. Mucho menos de la Inteligencia Artificial.)
Don Abel: Está dejando poca gente para culpar.
César: Esa es la mala noticia.
Don Abel: ¿Y la buena?
César: Que entonces también podemos hacer algo.
Don Abel: Cuidado. Ya parece discurso de septiembre.
César: Déjeme regresar al cuerno.
Tenemos recursos. Ubicación. Industria. Talento. Experiencia exportadora.
Relación con una de las economías más grandes del mundo.
Y siguen apareciendo oportunidades.
Don Abel: Dios proveerá.
César: Exactamente.
Don Abel: ¿No cree en Dios, ingeniero?
César: Sí.
Precisamente por eso no creo que le corresponda hacer también mi trabajo.
(Don Abel sonrió. Al menos así decidí imaginarlo.)
Don Abel: Entonces tal vez el problema no era el cuerno.
César: Creo que no.
Don Abel: Tampoco los mexicanos.
César: No tan rápido.
Don Abel: Ya ve. Después de todo sí aprendió algo de mí.
César: Don Abel, después de treinta y cinco años, ¿seguimos siendo nosotros el problema?
(Se quedó callado. Probablemente porque la pregunta era demasiado solemne para su gusto.)
Don Abel: Mire, joven…
César: Tengo cuarenta y cinco años Don Abel.
Don Abel: Yo estoy muerto. Para mí todos ustedes son jóvenes.
(Continuó)
Pasamos demasiado tiempo preguntándonos si México tiene lo necesario.
En mi época eran tierras, petróleo, industria.
Usted me dice que ahora tienen manufactura, tratados, tecnología y esa cosa de la inteligencia artificial.
Dentro de veinte años seguramente encontrarán otra abundancia.
Y volverán a preguntar si ahora sí llegó la oportunidad.
César: ¿Y qué deberíamos preguntarnos?
Don Abel: Algo menos patriótico.
¿Qué están haciendo con todo lo que ya tienen?
(No supe qué contestarle.)
Tal vez por eso decidí escribir esta conversación.
Gracias, Don Abel.
Y gracias también por recordarme que honrar a nuestros muertos no siempre significa ponerles flores. A veces también significa seguir discutiendo con ellos.
¡Hasta la próxima!




Comentarios