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Delegar también es pensar

  • Foto del escritor: César González
    César González
  • hace 5 días
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 3 días


Una libreta y un celular

Cuando la eficiencia se vuelve costumbre


Tengo una confesión algo vergonzosa que hacer: No me sé mi número de celular.


Hace un par de días me pidieron mi número para entrar a una empresa cuando se lo dicté al vigilante me di cuenta que no estaba muy seguro delos últimos dígitos y tuve que revisar mi celular para confirmarlo.


Y no es que tenga mala memoria. Es que ya no la necesito para eso.


Hace cuatro años cambié de número y aunque se lo he compartido a mucha gente caí en la cuenta que no me lo he aprendido por que se los comparto por QR, por tarjeta o por WhatsApp.


Antes era normal saberse los teléfonos de la casa, de los tíos, de los amigos. Hoy, si pierdes el celular, no solo pierdes contactos: pierdes identidad y en ocaciones hasta como operar tu negocio. No sabes a quién llamar, ni cómo llegar, ni qué sigue.


Y no está mal. No es una falla humana. Es eficiencia.


El cerebro es el órgano que más energía consume en el cuerpo. Está diseñado para ahorrar. Para ignorar lo que no es relevante. Por eso puedes ver tu nariz todo el día… y no verla. Está ahí, pero tu mente decide que no vale la pena procesarla.


Lo mismo hace con las funciones. Si algo puede delegarse, se delega.


Durante siglos delegamos la memoria a la tradición oral. Luego a los libros. Luego al internet. Ahora a los algoritmos.


La tecnología, por definición, no es otra cosa que usar conocimiento para resolver problemas. No es magia. No es traición. Es extensión.


A mi padre le tocó estudiar ingeniería con regla de cálculo. Cuando llegaron las calculadoras científicas era casi trampa. Y los pocos que tenían calculadoras que hacían gráficas parecían venir del futuro… Hoy ese futuro nos parece prehistórico.


Cada generación mira con sospecha la herramienta de la siguiente y con nostalgia la suya. Siempre ha sido así.


Por eso me causa risa (y un poco de flojera) el discurso alarmista alrededor de la inteligencia artificial. Que si se van a perder trabajos. Que si ahora todos debemos aprender promptología.  Para sobrevivir en la era de la IA.


Curiosamente, esa moda duró unos meses. Luego los sistemas se volvieron mejores. Y ya no necesitaron instrucciones tan finas.


Otra vez: delegación.


Si alguna vez te burlaste de las imágenes de Piolín que mandaban las tías en Facebook, no te confíes demasiado. La siguiente generación probablemente se va a burlar de nosotros por compartir imágenes generadas por IA como si fueran la gran cosa.


Toda tecnología pasa por su fase ridícula. Luego se normaliza. Luego se vuelve invisible.


El verdadero tema no es si la IA es confiable o no. Ese es un debate técnico. El tema de fondo es cultural. La pregunta no es qué tanto le estamos delegando a la tecnología, sino algo mucho más difícil de responder:


“¿Qué estamos haciendo con la energía mental que nos estamos ahorrando?”


Porque delegar libera espacio. Tiempo. Capacidad.


Y ese espacio puede usarse para pensar mejor… o simplemente para llenarlo con más ruido.


Tal vez el problema no es que pensemos menos,

sino que no hemos decidido todavía para qué queremos pensar mejor.


Y esa decisión; nos guste o no, no la va a tomar ningún algoritmo por nosotros.


¡Hasta la próxima!


Estas reflexiones no buscan dar respuestas rápidas, sino mejores preguntas.


Si te resonó el texto, compártelo con alguien que todavía se acuerda de los teléfonos… o que ya también los olvida.


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