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La matemática de las reformas.

  • Foto del escritor: César González
    César González
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura

Los factores ocultos que definen la competitividad.

Interior de una pequeña empresa manufacturera con trabajadores en mesas de trabajo, un reloj y una calculadora superpuestos con gráficos y fórmulas que representan el cálculo del costo laboral y la productividad.

Parece ser que la alineación astral que tuvimos al final de febrero hizo su magia, los efectos en la política fueron evidentes, ya que ahora si, como si no tuvieran sus diferencias arraigadas, todos los partidos políticos votaron unánimemente a favor por la reforma de la “Desconexión Digital”, que no es la única reforma en temas laborales que actualmente esta en curso.


No podemos descartar que son cambios sociales muy necesarios. Tampoco se puede negar que, comparados con otros países, en México todavía hay mucho camino por recorrer en calidad de vida. Pero tampoco podemos negar que estos cambios llegan solo con una pequeña parte de una ecuación mucho más compleja: la competitividad.


Mejorar las condiciones laborales está implícito en el sistema capitalista en el que vivimos; pero muchas empresas, sobre todo las pymes, siguen operando sin entender realmente cuánto cuesta sostener un puesto de trabajo. Hablan de nómina como si nómina fuera solo lo que se deposita cada semana o cada quincena.


No hace mucho platicando con el dueño de una pyme estábamos hablando sobre el punto de equilibrio. Me comentó que usaba una formula muy sencilla que le había “copiado” a un amigo: “Sumas costos fijos, las nóminas, materiales, y a eso le agregas un 20% para gastos imprevistos” me dijo con una sonrisa medio nerviosa, porque la platica había empezado por un problema de flujo.


No me voy a extender demasiado en lo que hablamos, pero sí te comparto los puntos principales para que revises internamente lo que estás considerando.


Primero, tienes que calcular de forma anual la percepción de cada persona. A eso hay que agregar los impuestos retenidos, las cuotas patronales, el impacto del seguro social, Infonavit y Fonacot. También hay que sumar el aguinaldo, las vacaciones y la prima vacacional con sus respectivos factores.


Después viene un punto que muchas empresas ni siquiera contemplan: el costo potencial de liquidación de cada persona.


Si además en tu empresa hacen posada con rifa, agrega también el proporcional de ese gasto. Lo mismo con uniformes, equipo de protección personal, bonos o cualquier prestación que no se paga cada semana, pero sí existe.


Cuando todo eso se integra en un cálculo anual, entonces sí puedes dividirlo entre semanas o quincenas para tener una referencia real.


Y ahí es donde aparece la diferencia entre lo que realmente cuesta una persona y lo que simplemente depositas en la nómina.


Sobretodo a la hora de costear tus precios; si a lo anterior le agregas tu gastos fijos y los variables de tus materiales y distribución puedes determinar mejor tus precios y sobretodo, medir tu productividad.


La realidad es que son muy pocas las pymes que tienen clara esa diferencia. Y eso se nota, casi siempre, cuando el problema termina llegando a las oficinas de conciliación, cuando se busca algún acuerdo. Porque también existen artimañas que algunas empresas usan para abaratar la separación laboral.


La diferencia entre tener estos números claros o no tenerlos se vuelve muy evidente cuando uno pisa una operación más estructurada.


Hace unos meses estaba en una empresa grande durante un recorrido del nuevo director en una planta que traía muchos retrasos con uno de sus clientes estratégicos. Al pasar por una de las líneas de producción notó algo que le llamó la atención: había alrededor de doce personas en la estación… pero nadie estaba trabajando. Cada quien estaba en su teléfono.


El director le preguntó al supervisor qué estaba pasando. La respuesta fue simple:”Ya terminaron el último ensamble requerido del día.”


Eran las 03:45 p.m. todavía quedaban un par de horas del turno. El director terminó el recorrido y se fue directo a la oficina de Recursos Humanos. La instrucción fue muy clara: revisar la plantilla de esa línea y ajustarla.


No hubo regaños. No hubo discursos. Solo una decisión.


En esas empresas cada puesto tiene un costo calculado al centavo: cuánto cuesta una hora de trabajo, cuánto valor debe generar esa hora y cuál es el impacto que tiene en el margen si esa hora se desperdicia. Incluso el costo de una liquidación está contemplado dentro del sistema. Cuando esos números están claros, la conversación deja de ser emocional… Se vuelve operativa.


Porque cuando una empresa no sabe cuánto cuesta realmente una hora de trabajo, cualquier cambio en la ley se siente como una amenaza. Pero cuando esos números están claros, la conversación cambia.


La reducción de jornada, la desconexión digital o cualquier ajuste en la legislación laboral dejan de ser un problema ideológico. Se vuelven un problema de diseño operativo.


La competitividad no se pierde cuando bajan las horas de trabajo. Se pierde cuando desperdicias las horas que ya pagaste.


¡Hasta la próxima!

 
 
 

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