La incertidumbre, en modo Party.
- 28 jun
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Ahora el gobierno es parte del riesgo operativo.

El pasado 24 de junio me encontré casualmente con el director general de una empresa con la que había colaborado hace un par de años. Fue muy fortuito, mi esposa y yo fuimos a un restaurante que tuviera juegos infantiles para ver el tercer juego de México en el mundial. Ese día descubrimos que ambos compartimos una afición casi nula con el futbol pero no así nuestras respectivas esposas.
No voy a decir su nombre, ni el de la empresa. No hace falta. Los comentarios que hizo podrían venir de muchos empresarios que que sienten que operar en México es similar a una ruleta rusa por que no saben exactamente qué sorpresa les va a llegar primero. Si no es el tema arancelario, ó el gobierno, la inseguridad o la competencia internacional. En alguna parte de la platica salió el tema de la competencia china.
No es ningún secreto que la competencia asiática es más que complicada; por que es competir contra escala, disciplina, integración de proveedores, costos agresivos, velocidad de respuesta y gobiernos que, con todos sus problemas, suelen entender que la estrategia industrial no puede depender del humor de la semana. Y claro, eso preocupa.
No por xenofobia comercial ni por nostalgia industrial. Preocupa porque la competencia asiática está llegando con producto, financiamiento, volumen, tecnología, agresividad comercial y una paciencia estratégica que muchas veces nosotros confundimos con amenaza repentina. No llegó de la nada.
Nosotros, en cambio, queremos competir con talento, cercanía y discursos de oportunidad, mientras normalizamos la incertidumbre como si fuera parte del folclor administrativo. Pero la plática no se quedo en la parte exterior.
Como te imaginarás mi interlocutor también es de Regiolandia, y ambos compartimos un orgullo por nuestro estado, el cual presume inversión, industria, nearshoring, infraestructura, talento y una ubicación privilegiada. Todo eso es real. Sería absurdo negarlo.
Pero también es un estado donde el gobernador se declaró en “modo party” por el Mundial unos días antes de que empezaran a lloverle críticas en sus mismas redes sociales además de juicios políticos desde varios frentes. Lo cual parece no afectarle la fiesta, sino al contrario; recientemente se vio aún más emocionado por la llegada de la ola naranja de holandeses.
La plática local no fue sobre política. Sino sobre lo que pasa cuando la autoridad empieza a ser impredecible. Porque para una empresa esa falta de predicción cuesta mucho.
Esa incertidumbre la paga la empresa que ya había avanzado una negociación y ahora debe esperar. También la paga el proveedor que se preparó para crecer y se queda con capacidad ociosa. La paga el banco que endurece condiciones. Y la pagan los trabajadores que en lugar de enfocarse en cumplir un programa de producción, ahora se tienen que mantener en modo urgencias todo el tiempo.
A los empresarios no les sorprende que existan conflictos políticos. Eso pasa todo el tiempo. Lo que les preocupa es que esos conflictos se vuelvan parte del ambiente operativo. Que una decisión regulatoria cambie de un día para otro. Que un permiso se vuelva rehén de una pelea. Que una prioridad pública se convierta en espectáculo. Que el mensaje institucional sea: “ahorita no molesten, estamos en fiesta”.
Lo triste es que no es una situación local. Y el Mundial le está mostrando al mundo una cara muy distinta a la planeada por nuestros gobernantes. Por que el plan era mostrar fiesta, estadios, turismo, cultura, alegría y esa habilidad nacional para convertir cualquier evento en celebración colectiva. Y claro que eso existe. No hay que negarlo. El país sabe organizar fiesta. A veces incluso mejor que administrar sus consecuencias.
Pero la imagen que está dejando Regiolandia es, de una ciudad con la vialidad colapsada por la construcción de un metro mal planeado; la cual tapó los drenajes pluviales y ahora, con un poco de llovizna algunas avenidas se inundan creando sopa de coditos.
Además, la campaña del estado llevó el maquillaje de la ciudad a otro nivel. Y no hablo solo de los derroches para ponerle el logo de la administración a cualquier espacio disponible sino que ademas alcanzo para tapar de la vista a quienes no caben en la postal oficial.
Mi querida Chilangolandia no se quedó atrás. El Fan Fest del Zócalo no arrancó solamente como fiesta mundialista. También apareció rodeado de vallas, tensión, campamentos de maestros, cierres y una conversación internacional que no hablaba únicamente de futbol sino de cómo nuestro gobierno “enaltece” a quienes preparan a nuestras futuras generaciones.
En Guadalajara pasó algo distinto, pero igual de revelador. Meses antes del torneo, la violencia asociada a la muerte de “El Mencho” puso la seguridad de la sede bajo observación. Después la ciudad logró estabilizarse y vivir partidos importantes con éxito, pero la percepción ya había hecho su trabajo. Y el resultado fue la imagen de gradas con huecos durante un evento global, la explicación puede ser logística, precio, distribución de boletos, calendario o cualquier otra variable. Pero es difícil tapar el sol con un dedo. El miedo sigue presente.
Y ese miedo no siempre aparece en una estadística. A veces aparece como una familia que decide no ir. Como un turista que cambia de plan. Como un empresario que pospone un viaje. Como un corporativo que agrega una condición más antes de aprobar el proyecto. Como un proveedor que se queda esperando una orden de compra que ya parecía segura.
No hace falta que todo esté mal para que algo se detenga. A veces basta con que parezca incierto. Y es ahí cuando toman más relevancia nuestros políticos. Porque con sus desplantes y su falta de escrúpulos minan la credibilidad, la cual no se recupera con discursos.
Por eso comparto la conversación que tuve con aquel director. Porque desde fuera solemos hablar de competitividad como si fuera una lista de atributos: ubicación, costo laboral, infraestructura, tratado comercial, disponibilidad de talento, incentivos. Pero de nada sirven si no existe una estabilidad para ejecutar.
A la conclusión que llegamos esa noche no fue optimista ni pesimista. Fue práctica: las empresas no van a controlar al gobierno. Pero sí pueden fortalecer sus procesos, documentar mejor, profesionalizar decisiones, cuidar flujo, diversificar riesgos; pero sobretodo tienen que dejar de operar como si la estabilidad externa estuviera garantizada.
¡Hasta la próxima!




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