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La sombra del sombrero ajeno

  • 3 abr
  • 4 Min. de lectura

Cuando la política presume riqueza que no construyó


Ilustración estilo editorial donde un empresario con sombrero observa desde la sombra mientras, por separado, una presidenta aparece en un noticiero rodeada de cámaras y un gobernador protagoniza una publicación en redes sociales, acaparando la atención mediática.

La semana pasada, durante una de las conferencias mañaneras, la presidenta retomó algo que ocurrió en la 82° Asamblea de Caintra en Regiolandia. Contó que un empresario se le había acercado en el evento con una propuesta. El grupo que él preside está vendiendo una de las empresas; y le comentó que dicha operación iba a generar una recaudación importante de impuestos. El empresario le sugirió que valdría la pena que una parte de esos recursos pudiera regresar al estado.


Obviamente si lo está anunciando en sus conferencias (de campaña) es por que la doctora aceptó. Y por supuesto, más tarde vimos en las redes sociales del gobernador colgándose la medallita, mencionando que llevaba años impulsando que esos impuestos regresaran al estado.


Una escena sacada el universo de Luis Estrada. Un empresario propone. La presidenta accede. El gobernador agradece. Todos sonríen. Todos salen bien en la foto. Pero si uno le rasca un poco más, la historia interesante no está en la cortesía política. Está en otra parte.


Porque no es lo mismo decidir a dónde va a parar una recaudación extraordinaria que haber construido, durante décadas, las condiciones que hicieron posible esa recaudación… Esa diferencia importa.


Y no solo para Nuevo León. Importa para cualquier estado del país donde existan empresas que llevan años generando empleo, formando talento, levantando proveeduría, sosteniendo inversión y creando capacidades industriales que después todos quieren administrar, presumir o redistribuir.


Mi enfoque no es regional ni partidista; sino diferenciar entre quién genera realmente el valor, quién lo administra después y quién termina quedándose con el mérito público. Porque seamos honestos, devolver una parte de un ingreso que ni siquiera estaba presupuestado difícilmente puede presentarse como una hazaña. Puede ser una buena decisión. Puede ser una decisión conveniente. Puede incluso convertirse en algo positivo si se usa bien. Pero no deja de ser una decisión sobre dinero que alguien más ayudó a producir primero.


En este caso, detrás de la operación aparece Prolec, una empresa que durante décadas fue parte del desarrollo económico e industrial de Monterrey y su zona metropolitana. No hablo solo de la parte económica, sino algo más profundo: de la forma en que una empresa se vuelve parte de la historia laboral de miles de familias. En lo personal, yo tengo recuerdos muy claros de eso.


El primero viene de hace unos cuarenta años. Mis abuelos maternos vivían en ese entonces en el pueblo de Santa Rosa, que hoy ya es una colonia más dentro de la mancha urbana.


Recuerdo ver a mi tío salir muy temprano en bicicleta y regresar tarde. Con los años, ese medio de transporte cambió por un coche propio. Mucho después entendí que en Prolec, había construido su carrera profesional, en el área de mantenimiento. Ese tipo de historias no suele aparecer en los comunicados. Pero son las que explican mejor el verdadero peso de una empresa.


Porque cuando una empresa toca durante años la vida de miles de familias, ya no solo produce transformadores, autopartes, acero, alimentos o lo que sea que fabrique. También produce movilidad social, disciplina de trabajo, aprendizaje técnico, oficio, patrimonio y una cierta manera de entender el esfuerzo.


Años después, cuando yo mismo me estaba formando en Lean Manufacturing, tuve la oportunidad de hacer una visita de benchmark a Prolec. Ahí pude ver cómo esa filosofía no vivía solo en presentaciones, sino reflejada en el piso de producción. Más adelante también estuve involucrado en algunos proyectos como proveedor, y tiempo después me tocó colaborar más de cerca porque el equipo de Prolec apoyaba iniciativas del CCM.


Por eso me cuesta trabajo ver este episodio solo como una noticia fiscal o política. Porque antes de que existiera la discusión sobre quién agradece a quién, ya existía una historia industrial larga. Ya existía una empresa que había ayudado a formar personas, procesos, capacidades y relaciones productivas.


Y también existía una institución que ha servido como punto de encuentro para que esas relaciones no se rompan del todo: Caintra.


Por que la Cámara no ha sido solo escenario. Ha sido amalgama. Con todos sus límites, ha funcionado como un espacio donde empresa, gobierno y agenda industrial todavía pueden encontrarse sin que todo se convierta en consigna. Y eso también hay que decirlo cuando corresponde. Porque en tiempos donde cada actor quiere apropiarse del mérito completo, las instituciones intermedias importan más de lo que solemos admitir.


Xignux, además, no es un actor externo a esa historia. No es una empresa que apareció de pronto para pedir reconocimiento. Ha sido parte de la construcción de ese ecosistema. No solo desde la operación privada, sino también desde la vida institucional del sector industrial.


Por eso, cuando el gobierno federal aparece como quien concede y el gobierno estatal se presenta como quien gestionó, conviene recordar algo elemental: el valor que ambos administran fue construido mucho antes, desde empresas que llevan décadas invirtiendo, arriesgando y formando talento.


La discusión, entonces, no es quién se colgó la medalla más rápido... Si ese dinero extraordinario realmente regresa, ¿se va a convertir en capacidad productiva, infraestructura útil, talento, competitividad y mejores condiciones para producir, o solo en otro gesto político que envejece en cuanto pasa la coyuntura?


Porque cobrar impuestos no te vuelve creador de riqueza. Apenas te vuelve administrador de riqueza que alguien más sí fue capaz de construir.


En política, el gesto se aplaude rápido. En la vida real, el valor tarda décadas en construirse. Por eso, antes de agradecer el reparto, habría que reconocer a quienes pusieron la mesa. Y antes de presumir la gestión, habría que demostrar que ese dinero no solo cambió de manos, sino que va a convertirse en algo que también merezca ser heredado.


De otro modo, todo habrá quedado en lo de siempre: una buena foto, un mérito prestado y un estado celebrando como generosidad lo que apenas fue devolución.


¡Hasta la próxima!

Si te gustó esta Reflexión no dudes en compartirla (por WhatsApp) con alguien que también tenga que tomar decisiones donde el mérito no siempre es evidente.


Y si te interesa profundizar en esa tensión entre lo técnico y lo humano, tienes que leer mi libro: Habilidades Híbridas. Lo puedes pedir directo o por Amazon.

 
 
 

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