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Muy ocupados para hacerse cargo

  • 17 abr
  • 3 Min. de lectura

Los efectos secundarios del síndrome de Superman



Hombre con mochila llena de libros habla por teléfono. Al fondo aparece la sombra de un superhéroe como metáfora del liderazgo que intenta rescatarlo todo.

Si estas frente a un equipo o una empresa en alguna ocasión habrás experimentado esta sensación extenuante de tener que andar atrás de tu gente para que las cosas sucedan como deberían. Por más que se hagan juntas, se tengan tableros de información, se envíen correos y mensajes por WhatsApp, siempre habrá personas que por alguna razón logran evadir o ignorar las señales.


En las visitas que hago a las empresas es normal ver a quien dirige andar “correteando” a su equipo para que se cumplan las entregas prometidas, y no lo digo de dientes para afuera. Hace no muchos años yo también en varias ocasiones adopté ese “rol” cuando estaba en la empresa de maquinados. El estar presente de gallo a grillo era parte fundamental de ese papel de “director comprometido".


Muchísimas veces me toco meterme para “ayudar” a sacar las piezas que había que entregar y no pocas veces también la hice de chofer para llegar raspando a la paquetería y lograr el envío.


Ahora que estoy en el mundo de la consultoría veo que es un problema más común de lo que yo pensé. Y no lo digo como consuelo de tontos, sino con una preocupación genuina, porque esas situaciones erosionan la competitividad de las empresas. Pero ahora en los casos donde veo esta situación estoy encontrando un patrón.


Este tipo de problemas siempre se le atribuyen a situaciones donde la responsabilidad está diluida, como la comunicación. Cuando se revisan los problemas, resulta que usualmente los retrasos se generan en puestos donde personas están muy ocupadas con miles de pendientes.


Pero si hacemos una investigación más profunda, te das cuenta que casi siempre en la realidad, no eran los miles de pendientes, sino que son puestos ocupados por personas que hacen como que trabajan; sin que exista una rendición de cuentas que muestre si realmente están cumpliendo sus objetivos.


Pero el “hago como que trabajo” no es patrimonio de las pymes. El reciente caso del derrame de petroleo ligado a Pemex volvió a exhibir que, incluso en organizaciones enormes también se normaliza el patear problemas hasta que se convierten en caos irremediables.


El director general de Pemex el pasado 16 de abril soltó una frase que parece simple: “no me reportaron”. Ese comentario no fue de radio pasillo o meme de Facebook, fue en una conferencia de prensa organizada para aclarar la situación del derrame.


Las declaraciones del director no esclarecieron el problema, sino que revelaron que existe un caos sistémico que desde hace décadas se percibía y que explica los resultados de la petrolera. En pocas palabras, describe que la cadena de información, responsabilidad y control está rota.


El parche del problema fue correr a tres personas: al subdirector de seguridad, salud en el trabajo y protección ambiental; también el coordinador de control marino de derrames y residuos; y al propio líder sobre derrames y residuos.


En mi opinión, eso no soluciona el problema de raíz; al contrario, se siente que se está siguiendo el manual ejecutivo para mantener el puesto. Lo cual indica que en esos casos hay que mostrar culpables, castigarlos públicamente y buscar una distracción en la caja china que desvié la atención del problema hacia otro lado.


Y suena exagerado, pero es una práctica muy común. Por eso, cuando en una pyme todo se le quiere cargar a la “falta de comunicación”, conviene sospechar. Porque muchas veces el problema no es que la información no exista, sino que hay una confusión entre el control con el liderazgo y cuando eso sucede vemos a los directores convertidos en rescatistas de su propia operación.


No porque ese sea su rol, sino porque la misma empresa les fue soltando poco a poco una responsabilidad que NUNCA debió descansar solo en ellos: hacer que la información circule sin que se diluya ni se maquille y que los problemas se atiendan antes de que se vuelvan rutina.


En otras palabras, no es la falta de talento, ni de herramientas, ni de ganas. Es haber confundido la rendición de cuentas con castigar a alguien cuando pasó algo malo y lo peor, haber normalizado una cultura donde incumplir sale barato y reportar a tiempo sale caro.


Y siendo honesto esta reflexión me sirvió como espejo, porque este problema no vive solo en “los otros”. La verdad es algo que en ocasiones sigo repitiendo. A veces por urgencia, a veces por costumbre, a veces por creer que liderar consiste en estar encima de todo. Y sin darme cuenta, cuando me pongo a “ayudarle” a mi equipo sigo reforzando una cultura donde el equipo espera a que tú persigas, resuelvas o revientes.


¡Hasta la próxima!

Estas tensiones entre liderazgo, operación y responsabilidad también atraviesan varios de los temas que desarrollo en Habilidades Híbridas.

 
 
 

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