top of page

Propósitos en mantenimiento preventivo

  • Foto del escritor: César González
    César González
  • 16 ene
  • 5 Min. de lectura

Menos negociación. Más avance.


Se llegaron las fechas donde los deseos de año nuevo empiezan a cascabelear, la motivación ahí sigue; pero las excusas empiezan a surgir de forma imperceptible y parece que los objetivos parecen alejarse. No es reclamo, ni recriminación; simplemente comparto mi experiencia.


Probablemente en tu caso no aplique, porque tú eres de esas personas que hacen lo que se proponen y no hay nada en el mundo que les distraiga de sus objetivos. Si este es el caso te pido un poco de paciencia, porque según Forbes cerca del 80% de quienes se hicieron propósitos de año nuevo están en fechas de abandonar esos propósitos. Para el resto, aquí les dejo esta Reflexión, para que sepan que no están en soledad.


Yo no soy de los de diez deseos; con un par de propósitos o tres tengo para entretenme. Uno de esos propósitos de este año ya anda fallando: enfocar mejor el uso de mi tiempo.


No tengo diagnosticado TDAH, pero sí me distraigo constantemente y desde hace unos ocho años que me di cuenta de eso y desde entonces monitoreo que estoy haciendo durante el día en lapsos de 30 minutos.


Al principio este registro me costaba, no por "olvidarme" de anotar, sino porque eran muchísimas las actividades diferentes. Con el paso del tiempo desarrolle categorías y hoy sigo haciendo este ejercicio. No me quita lo distraído, solo me hace consciente de en donde se me va el tiempo.


Por ejemplo: en recientes días estuve viendo como lanzar las "Reflexiones de un Cuarentón en Audio" y aunque el primer episodio dura 8 minutos, se que le invertí cerca de nueve horas. Obvio no solo en la grabación, sino en configuraciones, plataformas, calibraciones y un gran etcétera.


Fue un buen esfuerzo y me mantuve ocupado. Sin embargo, estar ocupado no siempre significa avance. Y a veces, la procrastinación no se ve como “no hacer nada”… se ve como hacer muchas cosas que se sienten productivas, pero que no mueven la aguja.


En mi calendario solo entran actividades que involucran a otras personas: citas, cursos, juntas, sesiones. Es decir: cosas que si no las hago, no solo fallo yo; también le fallo a alguien más. Es el tipo de compromiso donde mi cerebro no puede negociar tanto.


El problema es que muchas de las actividades que más impacto tienen en mis objetivos (como escribir estos artículos, diseñar un curso, preparar una sesión o avanzar un proyecto) son trabajo que hago solo. Y si lo dejo “para cuando tenga tiempo”, ya sabemos cómo acaba esa historia: siempre aparece algo “más urgente”.


Pero esas actividades que hago en soledad no las meto al calendario, porque se mezcla con todo y termina desapareciendo. Para eso uso Asana como mi lista de compromisos conmigo: ahí pongo la actividad, le asigno una fecha y una prioridad, y la agrupo por proyecto. No es para “administrar apps”; es porque si algo no tiene fecha, mi cerebro lo interpreta como opcional.


Y aun así, con fecha y todo, a veces la resistencia no se va. Porque a ponerle fecha a algo no lo vuelve fácil. Solo lo vuelve claro. La mente sigue siendo experta en venderte historias, especialmente una que suena muy madura: “sí lo voy a hacer… pero otro día que tenga tiempo”.


Cuando me pasa eso, no me peleo con la motivación. Ya aprendí que discutir con mi cerebro es como discutir con un vendedor de tiempos compartidos: puede perder la razón, pero jamás pierde energía. Lo que hago es más simple. Bajo la vara hasta que sea imposible decir que no. Porque en mi experiencia, la procrastinación no se vence con inspiración; se vence con fricción mínima. El primer paso debe ser tan pequeño que no active el drama.


Por ejemplo estos artículos. No se cual sea el método de otras personas pero no me siento frente a la computadora esperando “la inspiración” con un café humeante y una playlist de concentración. Mis ideas salen caminando.



Escritorio de madera con libreta abierta y notas escritas, un teléfono grabando audio, una taza de café y correas de perro; al fondo, una persona sale a caminar con dos perros mientras un calendario de enero marca el día 16 y una nota recuerda “Podcast listo 13 Ene”.

Cuando voy paseando a Peter y a Ahsoka, le voy dictando al teléfono lo que voy pensando. Literal: voy hablando conmigo mismo, como si estuviera ensayando una conversación que nadie me pidió. Y en ese dictado aparecen temas, frases, preguntas, incongruencias. Ahí nace el material.


Y es usualmente en las noches donde con esas notas se generan estas Reflexiones. Y es justo ahí donde aparece la procrastinación con traje y corbata. Porque una cosa es caminar y pensar; otra cosa es sentarte y decidir qué se queda, qué se va, cuál es el hilo, cuál es el punto, cuál es el cierre. Ahí es donde mi cerebro empieza con su repertorio: “mejor mañana, hoy estoy cansado”, “todavía no está claro”, “falta investigar”, “primero ordeno esto”, “nomás reviso algo rápido”.


Con el tiempo entendí que, cuando la tarea me da resistencia, no necesito discutir con mi mente. Necesito reducirle el espacio para negociar. Porque el gran truco de la procrastinación es hacerte creer que o lo haces perfecto, o mejor no lo hagas. Y si eres distraído, esa lógica es letal. En cambio, cuando el objetivo es pequeño y concreto, mi mente no tiene de dónde agarrarse.


Por eso me funciona una regla simple: en lugar de decir “hoy voy a escribir el artículo”, me digo “hoy voy a abrir las notas y a sacar una estructura”. No el artículo completo. No una obra maestra. Solo el esqueleto. Y una vez que tengo el esqueleto, el resto deja de sentirse como pantano. Ya no estoy frente a una pantalla en blanco, sino frente a piezas que solo hay que acomodar. Ahí cambia el modo: dejo de imaginar lo difícil que va a ser y empiezo a resolver.


Por eso, cuando alguien me dice “es que yo no puedo enfocarme”, yo casi siempre pienso: no es que no puedas, es que estás intentando hacer el trabajo pesado en el momento equivocado. Yo aprovecho el paseo para generar materia prima, y dejo la noche, cuando ya no hay “interrupciones” sociales, para ordenar y cerrar.


No te quiero vender la fantasía de que ya me volví una persona implacable con su tiempo. Sigo siendo distraído. Sigo cayendo. Sigo teniendo días donde una idea buena se me va porque no la dicté a tiempo. Pero la diferencia es que ya no me cuento la historia de “así soy y punto”. Me cuento una historia más útil: “así soy, y por eso necesito sistema”.


Y si hoy tus propósitos ya están cascabeleando, tal vez no necesitas más motivación. Tal vez necesitas cambiar el “cómo”. En lugar de pelearte contigo, prueba separar los momentos. No te exijas perfección. Exígete empezar. El resto tiende a acomodarse cuando ya le quitaste a tu mente el gusto por posponer.


¡Hasta la próxima!

Si tus propósitos ya están cascabeleando, no hagas un funeral: haz un ajuste. Elige un objetivo (solo uno), ponle una fecha real, define tu primer paso ridículamente pequeño y hazlo hoy.


Y si quieres profundizar en decidir, sostener hábitos, liderarte cuando tu cabeza quiere negociar. Mi libro Habilidades Híbridas te va a gustar.


Ah, y desde el 13 de enero también está disponible el podcast Reflexiones de un Cuarentón en Audio, por si prefieres escuchar estas ideas mientras vas manejando, entrenando o paseando al perro. Esta disponible en Spotify, Amazon Music, Apple Podcast y en iHeart

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page