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El disfraz de la utilidad

  • 20 mar
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 22 mar

Cuando el reporte fiscal no coincide con la operación


Llegó la temporada de las declaraciones anuales. En las grandes empresas y en los organismos institucionales también es época de asambleas. Algunas pesan tanto que mueven agendas nacionales, como la de CAINTRA, que este año volverá a tener entre sus asistentes a la presidenta del país por segunda ocasión consecutiva.


Pero para la inmensa mayoría de las empresas, la declaración y su propia “asamblea” no tienen nada de solemne. Son otro trámite. Otra presión. Otro recordatorio de que una cosa es lo que dice el estado de resultados y otra muy distinta lo que realmente hay en caja.


Lo que a mí me dejó otra vida, cuando estaba en el mundo de los maquinados, es que en estas fechas no bastaba con revisar si hubo utilidad en el papel. Había que empezar a ver de dónde iba a salir el flujo para el reparto. Y había que buscarlo bien, porque muchas veces la utilidad sí existía… pero estaba atrapada en facturas por cobrar o en inventario. Y a la gente no le puedes repartir utilidades en especie.


A diferencia de la creencia popular, tener un negocio no garantiza generar utilidades. Menos en mercados agitados por aranceles, por movimientos del tipo de cambio y por decisiones que se toman lejos del piso, pero que terminan pegando en el costo de operar. La manufactura lo sabe bien. Y más todavía la que está relacionada con acero y aluminio, dos materiales que han estado en el centro de la presión comercial de Estados Unidos y son vulnerables a las variaciones del tipo de cambio.


De primera mano sé de varias empresas ligadas a la manufactura y a los fierros que hoy están confirmando lo que ya se veía venir desde mediados del año pasado: el 2025 está cerrando, en promedio, alrededor de 15% por debajo de 2024 y esta creando una sensación cada vez más frecuente de que operar se volvió un juego más caro y más incierto, sobretodo con más presión y estrés.


Y esta presión no es por la revisión del T-MEC, ni por la nota de prensa, ni por la fotografía del evento. Entra directo por la operación. Entra cuando el cliente empieza a comprar con más cautela, cuando el proveedor deja de sostener precios, cuando finanzas amarra a compras. No hace falta que truene el sistema para notar que la certidumbre se esfumó.


Y es en estos momentos cuando el reporte anual refleja estas perdidas, que algunas empresas se están dando cuenta que no estaban operando con fortaleza, estaban operando con inercia. Porque mientras el mercado se movía de forma predecible, parecía que el negocio aguantaba. Pero desde la pandemia, y con cada nueva sacudida del entorno, se ha ido revelando una fragilidad que muchos preferían no mirar.


Lo peligroso es que desde fuera todavía puede parecer que todo está en orden. La planta sigue operando. La oficina sigue abierta. Los reportes siguen saliendo. Pero por dentro ya empezó otra conversación: qué gasto se detiene, qué compra se pospone, qué inversión se enfría y cuánto tiempo más se puede sostener el ritmo sin tocar algo delicado.


Y en ocasiones para evitar estas discusiones se “maquilla” la contabilidad para minimizar las pérdidas. Los estados de resultados pueden decir que el negocio “aguantó”, mientras la caja está exprimida, los clientes pagan más tarde, el inventario gira más lento y cada decisión empieza a depender de patear otra decisión.



Imagen que muestra un reporte financiero con utilidades positivas rasgado, revelando detrás una planta industrial en operación bajo presión, simbolizando la diferencia entre los resultados en papel y la realidad operativa de las empresas.

Y ahí está uno de los autoengaños más costosos de los últimos años. Muchas empresas se sienten sólidas, cuando en realidad solo estaban acostumbradas a un entorno que les permitía operar sin demasiada fricción. Mientras el cliente compraba, el proveedor respetaba precio y el tipo de cambio no metía demasiado ruido, parecía que había control. Pero el control de verdad no se prueba cuando todo coopera. Se prueba cuando el entorno se pone volátil.


La propia experiencia me a mostrado que hay negocios que no están hechos para resistir presión. Están hechos para funcionar mientras nadie les mueva el tablero. Por eso la fortaleza de una empresa no se mide solo cuando reporta utilidad. Se mide cuando el entorno aprieta y aun así conserva criterio, margen de maniobra y capacidad para decidir sin pánico.


Por eso también es necesario dejar de confundir utilidad con liquidez. Esa confusión hace creer que todo va bien porque el papel todavía no grita. También hay que dejar de confundir prudencia con parálisis. No se pueden patear indefinidamente las decisiones importantes. Y, por último, conviene aceptar algo que incomoda: la estabilidad pasada no equivale a fortaleza real. Que una empresa tenga decenas de años operando o sea de segunda, tercera o quinta generación no es garantía de estabilidad, a veces solo es muestra de terquedad o negación de la realidad.


En estos tiempos de incertidumbre esta temporada dejó de ser solo fiscal. Y se volvió una temporada de diagnóstico. Porque la declaración anual no solo le dice algo al SAT. También le dice algo al dueño, al director y al gerente que todavía quiere creer que el negocio “nomás anda apretado”.


A veces no anda apretado. A veces está exhibiendo, por primera vez con claridad, lo que llevaba años escondiendo.


¡Hasta la próxima!

 
 
 

2 comentarios

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Invitado
23 mar
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Cuanta verdad hay en esta Reflexión!

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Gracias, lo compartí desde la experiencia que viví y sigo viendo con algunos clientes

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